martes, 10 de abril de 2007

Quijada Cuenta Cuentos

Decir todavía era demasiado poco. Ninguno se atrevió. Nadie había dicho que sería fácil, sin embargo, se trataba de una de esas veces que en verdad creímos que no había opción.

Ella corría contra el viento, la cara entonces se deshacía a cada roce y nacía de nuevo. Un espejismo hubiese bastado pero ella insistió en volar. Todo mundo boquiabierto. Competencia de quijadas contra el suelo. Quijadas fugaces, quijadas voladoras, quijadas rotas. Quijadas quebrándose infaliblemente cada vez.

Ella solo sonreía, y volaba. Bastaba que tan solo sonriera... y volara.

Esa noche todos lo supimos, su sombra nos lo dijo, sería la última vez. El viejo teatro lloraba en silencio. Los hombres viejos no lloraron, se volvieron de piedra y cal y nadie volvió nunca a saber de ellos. El resto nos rajamos como chiquillos cuando la vimos detenerse al borde. Era como ver toda la fantasía del amor saltar por la borda.

No es que fuera fácil estar cerca de alguien así. Después de todo, resulta algo cruel estar siempre viéndose en los ojos de alguien que cree en ti más de lo que tú lo haces, pero tampoco era lindo dejarla ir.. Levantó los talones del suelo tomó una bocanada de vida y despegó. Detrás de ella corrieron primero los ojos, luego las manos. Las rodillas temblaron sin moverse, sin atreverse a avanzar y las gargantas se agrietaron.. milagro.

No sé quien fue el primero, pero también nosotros lo intentamos, también nosotros corrimos a la orilla despegamos los talones y nos lanzamos al vacío. Uno a uno descubrimos los caprichos de la gravedad, manzanas y guayabas esparcidas en mil pedazos, abonando el suelo con su sangre magenta precoz.

Uno a uno descubrimos que no bastaba con solo saltar porque al final, después de todo, las rodillas no se movieron y allá están ellas sembradas, arriba, todavía en el mismo lugar. Algún día vendrán los buscadores de historias, se tropezarán con ellas y se les caerá la brújula por el barranco. Encontrarán está boca y su quijada mal curada, dirán entonces que la tribu de las alas rotas pobló estos entornos, hablarán de las hazañas de nuestros hombres que nunca existieron, de sus fantásticos duelos y no sabrán nunca nada de Ella.

Preguntarán, seguro que a fuerza de excabadoras, palas, picos y carbonos catorce torturarán, pero no se los diré. Así que dirán las mismas proclamas que siempre habían querido decir, pondrán palabras en mis labios. Les darán medallas y premios, y absortos en su mentira creerán que lo tienen todo.

Pero nunca sabrán la verdad sobre nosotros, sobre el por qué intentamos volar con ella, ni la traición de las rodillas. No podrán nunca explicar por qué sonríen estas quijadas rotas, porque al final de cuentas, yo no se los diré.

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