Las calles estaban ya vacías. Cuando intentó mirar atrás ya era demasiado tarde. Sus ojos se nublaron.
Mira, tócale la panza, -¿tu crees? Sí estoy segura. –Pobrecito, este hasta tiene cara de bueno. ¡Y hasta el cuerpo hija mía! ¡Hasta el cuerpo! sonrió cómplice la abuela.
Se tambaleaba intentando dar con el camino de vuelta. Pero ya no estaba. Sentía como si animalitos de muchas patas le arañaran el vientre por dentro, el estómago, intentando subir por el esófago hasta la garganta y salir. Recordó haber dejado marcas en el camino, pero no podía recordarlas. Cómo podía ser tan estúpido, se preguntaba en medio de un espasmo, y sin embargo sonreía.
Los que sufren de eso mueren de un dolor feliz me enseñó la anciana. Sólo que al principio no lo saben.
Tenía sed intermitente y el pecho, como queríendo dejar fuera a multitud de patas, se hacía cada vez más estrecho. Solo hormiguitas de aire podían escapar de a momentos. Y lo hacían en forma de risa, que era como de colores cuando la piel se le empezó a abrir.
Ya para este es también muy tarde, ya empezaron las carcajadas. Trae los aceites. ¿Pero abuela qué es lo que tiene?
Arañas le salían de las muñecas y olía a flores. Lo envolvían en una especie de capullo. Un majestuoso espejismo de agua y sal le corrío por el ojo izquierdo ya desorbitado. Hizo un último esfuerzo por incorporarse mas no podía moverse. Inclinó la cabeza hacia el camino que había intentado abandonar. El cuello le crujía pero él no se detuvo, ya no tenía más miedo. Algo cálido, algo así como una pequeñita luz lo hacía querer ver. Sonreía. Y así sonriendo la vió acercarse.
¿Comprendes? Pregunto ella. Sí, Comprendo respondió. Lo intentaré de nuevo.
Tiene la fiebre de la araña roja. Si esto sigue así nos quedaremos sin hombres. Y apagó la vela.
Entonces él, sonriendo, en la oscuridad, durmió.
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