martes, 27 de marzo de 2007

El Anónimo Silencio Cruel.


El piano sonaba algo melancólico, con algo de rabia. No podría saberlo. Era imposible. Sin embargo lo seguía intentando aún cuando el pecho no latía. Nadie había nunca dicho que sería justo, y en verdad no lo era. Se fue.

El cable que se entierra directo en el ventrículo más occidental accidenta el relieve de la cama impermeable. Corriendo en círculos su aire copa el respirador. Solo con el piano pareciera que hay algo allí que valdría la pena no desconectar. Mientras sonara el piano, nadie se atrevería a hacerlo, aún cuando toda su vida fervorosamente lo había pedido.

La primera vez que la vi, vestía de trapos y olía a va a llover. Me encantó su olor a melancolía de tardes de otoño y su sonrisa de primavera que me hacía soñar versos cada vez más cursis. A veces, cuando estaba más triste, me tomaba por los hilos y me hacía bailar sus gritos; el viejo teatro, orgulloso como siempre, lloraba en silencio. El la amaba mucho. La amó desde la primera vez que ella apoyó su pie de mujer desnudo sobre sus tablas (fue amor a primer pie) porque le hizo cosquillas. Desde entonces, la amó como sólo saben amar los teatros, en ese modo grandilocuente y pleno en sus dulces tempestades de aplausos y silencios después de la escena. La amó así como solo ellos pueden hacerlo, y ella, más allá de los telones -y las máscaras- le amó también.

Hay quienes creen que nosotros los muñecos de madera somos todos narizones forajidos con baja autoestima, pero eso no es cierto. En manos como las suyas somos como esos ángeles diabólicos y hermosos que apuestan pesadillas en los sueños más dulces. Cuando sus dedos lo decidían podíamos bailar toda la noche y creer en el amor. Algunas veces, sobre todo cuando el piano se hacía pedazos como si los dedos del viejo ese quisieran morder cada fibra de los corazones ya maltrechos de estas sombras, era imposible no sentir algo parecido a la piel erizarse sobre la madera que envuelve a los de mi clase. Habría que estar muerto para no saber que se iba ya, que se estaba despidiendo, que a ese piano, insoportablemente honesto, se le acababan las notas.

2 comentarios:

Unknown dijo...

*aplaude*
Porque hay que aplaudir no solo en el teatro, sino cuando sea que se encuentre algo que haga sonreir.

Cammie dijo...

"La primera vez que la vi, vestía de trapos y olía a va a llover. Me encantó su olor a melancolía de tardes de otoño y su sonrisa de primavera que me hacía soñar versos cada vez más cursis." wow que manera mas linda e ingeniosa de describir algo real. Realmente que me encanto. *two thumbs up*